Toda guerra, catástrofe o epidemia de dimensiones globales puede conllevar un cambio de paradigma.

Parece razonable que, tras superar la crisis epidemiológica que nos azotó hace poco, el modelo emergente traiga nuevos hábitos higiénicos que provoquen cambios en los usos y costumbres sociales o moldeen los ya existentes. Una nueva cosmovisión hará que percibamos el mundo bajo otro prisma, al menos mientras resuene la onda expansiva de la pandemia.

En justa analogía, la serie de ataques terroristas que causaron miles de fallecidos en suelo norteamericano el 11 de septiembre de 2001 supuso un cambio de paradigma en los modelos de seguridad a nivel internacional.

El hecho de que este suceso fuese el detonante de la guerra de Afganistán y contribuyese, posteriormente, al clima político que facilitó la invasión de Irak dio pábulo a decenas de teorías de la conspiración.

Huyendo de contubernios y enjuagues, comentaré una serie de fenómenos singulares que obligan a matizar la idea de que dichos ataques fueron absolutamente imprevisibles y carentes de antecedentes claros.

Michael Morell fue una figura de primer nivel dentro de la inteligencia norteamericana: alto cargo de la CIA, director interino de la Agencia en dos ocasiones y responsable de informar diariamente al presidente George W. Bush en materia de inteligencia durante el año 2001.

En el año 2015 publicó un libro titulado La gran guerra de nuestro tiempo: La guerra contra el terror contada desde dentro de la CIA, de Al Qaeda a ISIS —Editorial Crítica, 1.ª ed. 2016—.

El libro arroja bastante información sobre cómo se coordinan las distintas agencias de espionaje y seguridad norteamericanas y cómo se vivieron desde dentro acontecimientos relevantes tales como el 11-S y la captura y muerte de Osama bin Laden.

Al hablar sobre las terribles secuelas de los atentados del 11 de septiembre y estando inmersos en la reestructuración del modelo de defensa, leemos:

No solo tenía que responder a las preguntas del presidente sobre los informes de amenazas que eran diseminados por la comunidad de inteligencia, sino que también tenía que informarle sobre las amenazas “imaginativas”. Después del 11-S, la CIA invitó a guionistas de Hollywood a la agencia para mantener una reunión en la que se proporcionasen ideas sobre posibles métodos de ataque, puesto que antes del 11-S pocos hubiesen podido imaginar que Al Qaeda secuestraría un avión y lo utilizaría como arma…

Resulta llamativo que la ingente cantidad de personas implicadas en la seguridad nacional ignorase que tan solo diez años antes, en el contexto de la ambiciosa Conferencia de Paz celebrada en Madrid en 1991 para abordar el conflicto árabe-israelí, se hubiese detectado un posible intento de ataque cuya estrategia se basaba, precisamente, en el uso de aviones suicidas que impactarían sobre el Palacio de Oriente y otras sedes vinculadas al colosal evento.

Entre los participantes se encontraban mandatarios de la talla de Mijaíl Gorbachov, George H. W. Bush, Isaac Shamir, el presidente González y numerosos representantes de diversos Estados e instituciones directamente involucradas en los procesos de paz —y conflictos— en curso en aquella época: el presidente del Consejo de Ministros de la CE, Hans van den Broek; el ministro de Asuntos Exteriores de Egipto, Amr Moussa; su análogo jordano, Kamel Abu Jaber; el representante de la delegación palestina, Haidar Abdel Shafi; el ministro de Asuntos Exteriores de Líbano, Faris Boueiz, y un largo etcétera.

La Conferencia, celebrada en Madrid bajo el impulso diplomático de Estados Unidos y la Unión Soviética y con España como país anfitrión, estuvo rodeada de un dispositivo de seguridad excepcional. Según informaciones publicadas años después, los servicios españoles recibieron el aviso de los servicios de inteligencia de un país árabe sobre un posible ataque con pilotos suicidas cuyos aparatos habrían partido de Sudán con destino Madrid. La reacción del Gobierno permitió frustrar el plan antes de que pudiera ejecutarse.

La gestión del incidente se llevó con absoluta discreción y solo un exiguo número de personas estuvo al tanto de los acontecimientos, entre ellas el propio presidente, el vicepresidente Serra o el ministro Corcuera.

Se puso en marcha un discreto pero contundente operativo de máxima alerta. Aviones y cazas del Ejército español patrullaron incesantemente el espacio aéreo; dentro del dispositivo general de seguridad y emergencia, reforzado por la naturaleza excepcional de la cumbre, se instalaron infraestructuras sanitarias —con UVI móviles y helicópteros— en puntos estratégicos, y se examinaron con dispositivos de detección hasta los objetos más insignificantes que accediesen a las sedes, comida incluida.

También se antoja extraño que se pasase por alto el hecho de que el propio diseño de las Torres Gemelas, concebido a principios de los años sesenta, contemplara expresamente la posibilidad del impacto de un avión.

Efectivamente, sabemos que, a raíz de un accidente ocurrido en 1945, en el que un bombardero B-25 Mitchell impactó contra el Empire State Building a causa de la densa niebla, se tuvo en cuenta, al menos en fase de diseño, la hipótesis del impacto accidental de un Boeing 707 contra las Torres Gemelas. Ahora bien, conviene matizar que una cosa era prever un accidente aéreo y otra muy distinta anticipar un ataque deliberado con aeronaves comerciales, a gran velocidad, cargadas de combustible y utilizadas como armas contra edificios ocupados.

Vemos, pues, que aunque se nos transmitió que, cuando la realidad supera a la ficción, los acontecimientos se tornan impredecibles, en este caso hubo realidades anteriores que pudieron haber ayudado a prever lo imprevisible. No se trata de alimentar conspiraciones retrospectivas, sino de recordar que la historia de la seguridad está hecha, muchas veces, de señales previas mal interpretadas, advertencias dispersas y escenarios que parecían improbables hasta que dejaron de serlo.

Redacción de IESDE

 

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